
“La incomodidad como señal de cambio”
Durante mucho tiempo creí que estar incómodo significaba que algo andaba mal.
Hoy entiendo que esa incomodidad era una forma de verdad, una voz interna tratando de
avisarme que la vida que llevaba ya no me quedaba. No era una crisis, era un aviso.
El cuerpo empezó a hablar antes que las palabras: cansancio, falta de ganas, una
sensación de estar viviendo en automático.
Todo seguía igual por fuera, pero por dentro algo pedía aire. A veces el cambio no llega
con grandes decisiones, sino con el simple reconocimiento de que ya no somos las
mismas.
Y eso, aunque duela, también es una forma de alivio. Cuando empecé a mirarme sin
exigencias, noté que había rutinas que ya no me representaban,
vínculos que me quedaban apretados y costumbres que repetía por costumbre.
Detrás de todo eso, asomaba algo más genuino, una manera más propia de estar en el
mundo.
No se trataba de reinventarme, sino de reencontrarme con mi identidad .
Con esa parte mía que había quedado en pausa, esperando a que volviera a escucharla.
La incomodidad, entonces, se volvió una guía: un recordatorio de que cuando algo deja de
sentirse auténtico, es momento de abrir espacio a lo que sí lo es.
No intento cambiar nada todavía. Solo observa, con honestidad y sin juicio. A veces, el
simple
acto de mirar de frente lo que ya no encaja es el primer paso para comenzar a cambiar.
Ejercicio práctico: El mapa de lo que ya no encaja.
Durante una semana, observa tu rutina con curiosidad. Anota qué cosas haces
porque “deberías” y cuáles te hacen sentir presente y viva. No las juzgues, solo regístralas.
No todo lo que incomoda es un error. A veces es el modo más honesto que
tiene la vida de decirte: ya creciste. Y crecer, muchas veces, es volver a ser
quien eras antes de olvidarte.

Lic. Patricia Petrecca.
