
El momento en que elegís tu propia vida.
Durante mucho tiempo creí que decidir era tenerlo todo claro. Pensaba que
elegir implicaba no dudar, no temer, no mirar atrás. Pero descubrí que decidir de
verdad —elegirte a vos— se siente más como un temblor que como una certeza.
Hay un instante, casi imperceptible, en que algo dentro tuyo sabe que no podés
seguir igual. No porque lo que tenías fuera malo, sino porque ya no te . Tu piel ya
no encaja en la historia que llevas puesta. Y por primera vez, en lugar de
explicarte, te escuchás. Ese fue mi punto de inflexión: cuando entendí que seguir
igual también era una elección… y que no elegir era otra forma de perderme.
Decidir no fue un acto heroico, fue un gesto cotidiano:
levantarme un día y decir “así no quiero vivir más”. Fue honrar mi propia voz sin
pedir permiso. No hay garantías cuando elegís distinto. Solo la sensación —
profunda, tranquila, viva — de estar caminando hacia algo que te refleja. Porque a
veces decide no es empezar algo nuevo, sino dejar de sostener lo que ya no tiene
sentido. Y en ese dejar, empieza el reencuentro con quien sos ahora.
Ejercicio práctico: Las pequeñas decisiones.
Durante una semana, observa tus decisiones cotidianas:
Qué aceptas
Qué evitás
Qué hacés por costumbre
Anota tres momentos al día en los que sientas un leve malestar o desconexión.
Pregúntate:
“¿Esto todavía me representa?” No se trata de cambiar todo, sino de notar dónde te
estás olvidando de vos. La conciencia, antes que la acción, es el verdadero comienzo
de cualquier cambio.
Recuerda siempre que cada día es una nueva oportunidad para elegirte,
para escucharte, y para caminar hacia una vida que realmente resuene
contigo. No temas al cambio, pues en él yace la posibilidad de re-encontrarte con tu verdadera esencia.
Lic. Patricia Petrecca.
